Patria, de cada día

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Patria, de cada día

by Debralee Santos

caf-e-con-lecheThe sharp-edged aroma hovers.

I bend my head, and bring my nose closer.

I peek over the rim of the tiny white cup, and dare breathe deep.

The rich perfume is heady, its closeness intoxicating.

This tiny coffee is my first.

I am near 9 years of age, settled before a mid-morning repast to be shared with my grandmother Angelica, who proffers the demitasse shot beside a tin mug of warm milk and a generous slice of fresh bread.

This is but a play on the real stuff: the coffee is a thimble’s worth, and whatever potency it might yield would be promptly snuffed out by the tumbler of milk.

But the respite is real.

In the kitchen, the breakfast dishes are long gone, and the clamor of pots and pans for the midday meal sound out as the women start anew.

She will join them soon, and begin to parse through army’s rations of savory meats and rich legume stews while the bright sun scales higher.

Soon, the same patio on Ensanche La Fe in the capital city will be filled, as will the table, teeming with her children, and neighbors, and all who know that there will be room, always.

She will feed us all.

But not just yet.

I watch her, as she pours a bit of milk into her own coffee, shakes in a bit of raw brown sugar, and sips.

I mimic her, and her brilliant blue-grey eyes watch as I take my first sips.

I can sense the faint spark of coffee dance on my tongue, and the cream of milk wash past.

The bread is mine alone, though.

El panadero comes early in the morning, and the rolls she selects from his bursting cart I know to be luxuries, ones she saves for others.

For me.

I ease a corner of my bread into my leche con café, and nip at the moist edge.

My first bite.

The airy tuft, sopped with fresh milk, scented with cacao, melts, and I nibble again.

She smiles, and brushes her hand upon my own.

We sit in quiet, the city stretching out beneath our soles.

A wisp of froth peeks out from the edge of her cup, and over its gold-flecked rim; she watches me.

Clap your hands to the sky.
Sing the hymn slowly.
Raise the flag.

Patria, de cada día

Por Debralee Santos

caf-e-con-lecheEl aroma afilado se cierne.

Inclino mi cabeza y acerco mi nariz.

Me asomo por encima del borde de la pequeña taza blanca y me atrevo respirar profundamente.

El rico perfume es embriagador, casi intoxicante.

Este café pequeño es mi primero.

Tengo cerca de 9 años de edad, listo para disfrutar de una comida a media mañana que compartiré con mi abuela Angélica, quien me ofrece una carga extra de café en una taza pequeña, al lado de una taza de lata de leche caliente y un trozo generoso de pan fresco.

Esto no es más que un juego en las cosas reales: el café es digno de un dedal y cualquiera que sea la potencia que pudiera dar sería rápidamente extinguida por el vaso de leche.

Pero el alivio es real.

En la cocina, los platos del desayuno son cosa del pasado y el clamor de las ollas y sartenes por la comida del mediodía suenan mientras las mujeres empiezan de nuevo.

Ella se les unirá en breve y comenzarán a diseccionar a través de un ejército de raciones de carnes saladas y guisos de ricas legumbres, mientras que el sol brillante escala más alto.

Pronto, en este mismo patio en Ensanche La Fe, en la ciudad capital se llenará, al igual que la mesa, de sus hijos y vecinos, y de todos los que saben que habrá espacio, siempre.

Ella los va a alimentar a todos.

Pero no todavía.

La miro, mientras vierte un poco de leche en su propio café, batido con un poco de de azúcar morena y sorbe.

Yo la imito, y sus brillantes ojos gris azulado observan cómo tomo mis primeros sorbos.
Puedo sentir la chispa débil de la danza del café en mi lengua y la crema de leche pasar.

Aunque el pan es sólo mío.

El panadero llega temprano en la mañana y los rollos que ella selecciona en su carrito rebosante son un lujo que ella guarda para otros.

Para mí.

Introduzco una esquina de mi pan en mi café con leche y sorbo el borde húmedo.

Mi primer bocado.

El mechón aireado, absorbe leche fresca, se perfuma con cacao, se derrite y muerdo de nuevo.

Ella sonríe y roza su mano sobre la mía.

Nos sentamos en silencio, la ciudad se extiende bajo nuestros pies.

Un mechón de espuma se asoma por el borde de su taza y por su taza con orilla dorada, ella me mira.

Aplaude sus manos hacia el cielo.
Canta el himno lentamente.
Levanta la bandera.