Last call at the cleaners
Un último cierre

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Last call at the cleaners

Story and photos by Mónica Barnkow

The store is closing after 30 years.

The store is closing after 30 years.

By his own account, Luis Fernando Romero has been living a dream.

He was 23 when he moved to New York from Ecuador over three decades ago. After years of hard work, he was able to buy a home, support a family of four, and own and operate his own business.

But that dream is winding to a close.

By the end of the year, Romero will likely shut the doors of Quality Cleaners, his dry cleaning service at 135th Street and Broadway.

The decision to close, he explained, was due to a combination of diminished demand and the ever-increasing commercial rent.

“I’ve worked here ever since I came,” he sighed on a recent quiet afternoon at the store. “I haven’t had any other job.”

Romero has worked at L.F.R. Dry Cleaners at 3345 Broadway since setting foot in the city 31 years ago. He did not know any English then, but was fortunate that most of the neighborhood’s residents – and the store’s clientele – spoke Spanish. He did everything, learning the business from the bottom up – folding, ironing, cleaning, sewing.

“The rents keep going up,” says Luis Fernando Romero.

“The rents keep going up,” says Luis Fernando Romero.

He moved up through the years, and in 2004, he finally came to own and manage the entire operation himself when the previous owner retired.

Then, there were 7 employees working at the store, and the monthly rent was $5,000. Ten years later, the rent is twice as high, and the number of employees is just 2: Romero and his tailor Alberto Miliano.

“The rents keep going up,” lamented Romero. “This is not right.”

He notes that the landlord has accepted to cut down rent by half during the last few months of operation, as he prepares to pack up and ensure that customers have enough time to collect their items.

Though he decried the steep rents, Romero chalked it up to a changing neighborhood, and said he did not begrudge his landlord.

“He has always been the best with me,” he said. “If it wasn’t for him, I would have left long time ago.”

Though he noted that his customers have been dwindling steadily since the financial crisis of 2008, he said that there had been an appreciable decline in business since the attacks of September 11th 2001.

“Slowly, everything started to after the towers fell,” he recalled.

The store is noticeably emptier, as customers have come to pick up their clothing for good.

The store is noticeably emptier, as customers have come to pick up their clothing for good.

New trends have also had an impact on his bottom line.

Dress codes have relaxed over the years, observed Romero. People favor less formal clothing and fabrics that can be easily washed at home and that do not require ironing or special care.

“We were [once] 5,000 cleaners in New York City,” he claimed. “Now it is between 1,100 and 1,200.”

Longtime customers expressed dismay at losing the neighborhood mainstay.

“I am very sad,” said Julia Estévez. “We appreciate him very much.”

Estévez has been a customer for over a decade. His departure was part of a disquieting pattern, she said, of the displacement of smaller mom-and-pop shops throughout the city.

“As a human being, one gets very sad when people have to close their businesses.”

Tailor Alberto Miliano works on his alterations.

Tailor Alberto Miliano works on his alterations.

A pharmacy is slated to open in 2016.

Still, Romero remained philosophical. As he mused aloud during a short lunch break, he said he was content with what he’d been able to accomplish in his three decades uptown.

Though it would be hard to adjust, he said he would consider returning to Quito, Ecuador, where an apartment awaited and his savings would yield him a better quality of life.

It was time to move on.

“I did everything I came here to do. I bought a house, I started a business,” said Romero ruefully. “We all come here with a dream.”

Un último cierre

Historia y fotos por Mónica Barnkow

Julia Estévez has been a customer for over a decade.

Julia Estévez ha sido clienta desde hace más de una década.

Por su propia cuenta, Luis Fernando Romero ha estado viviendo un sueño.

Tenía 23 años cuando se mudó a Nueva York desde Ecuador hace más de tres décadas. Después de años de duro trabajo pudo comprar una casa, mantener a una familia de cuatro y poseer y operar su propio negocio.

Pero ese sueño está llegando a su fin.

A finales de año, Romero probablemente cierre las puertas de Quality Cleaners, su servicio de tintorería en la calle 135 y Broadway.

La decisión de cerrar, explicó, se debió a una combinación de disminución de la demanda y el alquiler comercial cada vez más alto.

“He trabajado aquí desde que llegué”, suspiró en una reciente tarde tranquila en la tienda. “No he tenido ningún otro trabajo”.

Romero ha trabajado en la Tintorería L.F.R. en el No. 3345 de Broadway desde que puso un pie en la ciudad hace 31 años. No hablaba inglés pero tuvo la suerte de que la mayoría de los residentes del barrio -y la clientela de la tienda- hablaban español. Hizo de todo, aprendió desde abajo: a doblar, planchar, limpiar y coser.

Fue subiendo de puesto a través de los años y en 2004 finalmente llegó a poseer y administrar toda la operación él mismo cuando el dueño anterior se retiró.

Tailor Alberto Miliano works on his alterations.

El sastre Alberto Miliano trabaja en sus modificaciones.

En ese entonces había 7 empleados trabajando en la tienda y la renta mensual era de $5,000 dólares. Diez años más tarde, el alquiler es el doble y el número de empleados es de sólo 2: Romero y su sastre Alberto Miliano.

“Las rentas siguen subiendo”, se lamentó Romero. “Esto no está bien”.

Señala que el propietario ha aceptado reducir la renta a la mitad durante los últimos meses de operación, mientras se prepara para empacar y asegurarse de que los clientes tengan el tiempo suficiente para recoger sus artículos.

A pesar de que denunció las rentas elevadas, Romero lo atribuyó a un barrio cambiante y dijo no estar molesto con su casero.

“Él ha sido siempre el mejor conmigo”, dijo. “Si no fuera por él me habría ido hace mucho tiempo”.

Aunque señaló que sus clientes estuvieron disminuyendo constantemente desde la crisis financiera de 2008, dijo que hubo una disminución considerable en el negocio desde los ataques del 11 de septiembre de 2001.

The store is noticeably emptier, as customers have come to pick up their clothing for good.

La tienda se encuentra perceptiblemente más vacía, ya que los clientes han llegado a recoger su ropa para siempre.

“Poco a poco, todo empezó después de que las torres cayeron”, recordó.

Las nuevas tendencias también han tenido un impacto en su balance final.

Los códigos de vestimenta se han relajado en los últimos años, observó Romero. Las personas prefieren ropa y tejidos que puedan lavarse fácilmente en casa y que no requieran planchado o cuidado especial.

“Fuimos [alguna vez] 5,000 tintorerías en la ciudad de Nueva York”, afirmaron. “Ahora somos entre 1,100 y 1,200”.

Los clientes de toda la vida expresaron su consternación por perder el pilar del barrio.

“Estoy muy triste”, dijo Julia Estévez. “Lo apreciamos mucho”.

“The rents keep going up,” says Luis Fernando Romero.

“Las rentas siguen subiendo”, dice Luis Fernando Romero.

Estévez ha sido clienta durante más de una década. Su salida fue parte de un patrón inquietante, dijo, del desplazamiento de las tiendas tradicionales en toda la ciudad.

“Como ser humano uno se siente muy triste cuando las personas deben cerrar sus negocios”.

Una farmacia está programada para abrir en 2016.

Aun así, Romero se mantuvo filosófico. Reflexionando en voz alta durante una pausa para el almuerzo, dijo estar contento con lo que pudo lograr en sus tres décadas en el norte del condado.

Aunque sería difícil ajustarse, dijo que consideraría la posibilidad de regresar a Quito, Ecuador, donde un apartamento lo espera y sus ahorros le darían una mejor calidad de vida.

Es hora de seguir adelante.

“Hice todo lo que vine a hacer. Compré una casa, empecé un negocio”, dijo Romero con pesar. “Todos venimos aquí con un sueño”.