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At Claudio’s: A master of the trade
En Claudio’s: Un maestro del oficio

At Claudio’s: A master of the trade

Story and photos by Robin Elisabeth Kilmer


“Yo nací para ser barbero”, dijo Caponigro, parado afuera en su tienda. El poste no está a la venta.
“I was born to be a barber,” said Claudio Caponigro, a barber for over 6 decades; the pole is not for sale.

In the early afternoon, Claudio’s Barbershop was quiet refuge from the hubbub of the street.

This past Wed., Nov. 14th, there was no television, no radio, and until recently, no phone. Just the autumn light filtering in.

Claudio “The Barber” Caponigro’s sole customer that afternoon was Israel Mirarta, who appeared to be asleep in his chair. His shave and cut seemed to revive him, and he sprung from the chair with a smile on his face.

“He’s the master of the scissors,” said Mirarta of Caponigro. “Do you know how many generations of hair this man has cut?”

“At least three or four generations past,” he answered, after some consideration.

Mirarta would know.

“El es el maestro”, dijo Israel Mirarta con su barbero favorito, Claudio Caponigro.
“He’s the master,” said Israel Mirarta (left) stands with his barber.

He has lived his whole life in the neighborhood, and his own son now comes to Claudio’s to get a shave.

While for some, Claudio’s and its namesake might be considered an artifact from a bygone era, to East Harlem’s residents, he is the neighborhood barber they know by name.

Caponigro came to New York from the Italian province of Salerno in 1950, the same year he opened Claudio’s Barbershop on 116th Street and First Ave.

Being a barber is in his DNA: his father was a barber, as was his father’s father.

Last year, however, Claudio’s was on the brink of extinction when he got a new landlord who sought to triple the existing rent.

It was too much for the tenant who had plied his trade in the same location for over 60 years.

Una de sus antiguas sillas que Caponigro guardó.
Caponigro stands beside one of the vintage chairs in his shop.

Caponigro would have had to move out by the end of December 2011 – had a lucky break not come from a few doors away.

Alex Greenstein, the new landlord of 338 East 116th Street, just down the street, was facing a vacancy.

Greenstein agreed to have Caponigro move in as a new tenant at a rent that was far more reasonable.

Save for that quick stroke of fortune, East Harlem’s beloved barber would have spent New Year’s Eve disassembling his shop for an uninvited early retirement.

It has now been almost a year since Caponigro moved a few doors down from his old shop.

The chairs at the new shop are older than even Caponigro’s tenure as a barber. They were inherited them from the previous owner, who was also a barber.

But the place is undeniably his.

Caponigro brought many of his own vintage chairs and his own mirrors.

He also brought his own barber’s pole, a signature item which has garnered some attention from antiques connoisseurs.

“They wanna give me a thousand dollars for the pole. It’s not for sale,” said Caponigro angrily, as if he were still recovering from the audacious offer.

Estas herramientas hacen de la afeitada un arte.
The tools of the trade.

Along with the furniture, Caponigro also owns tools that not only hail from his former shop on 360 E. 116th Street, but from decades past.

Lined up in precise order are a straight razor, a shaving cream brush, and Jeris Barber Tonic.

Next month will mark the first year anniversary of Claudio’s relocation.

“My life was at the other place,” he said.

But Caponigro does not dwell on the transition, instead noting, “I have a good following.”

Caponigro is 82 now; by his own telling, he opened up his first barbershop when he was 14 in Italy. He has no plans on hanging up the scissors.

“I was born to be a barber,” he said. “When God tells me to retire, I retire.”

En Claudio’s: Un maestro del oficio

Historia y fotos por Robin Elisabeth Kilmer


“El es el maestro”, dijo Israel Mirarta con su barbero favorito, Claudio Caponigro.
“El es el maestro”, dijo Israel Mirarta con su barbero favorito, Claudio Caponigro.

Temprano en la tarde, la Barbería Claudio era un tranquilo refugio del bullicio de la calle.

Este pasado miércoles, 14 de noviembre, no había televisión, radio y hasta recientemente, ni teléfonos. Solo la luz de otoño filtrándose.

El único cliente de Claudio “El Barbero” Caponigro esa tarde fue Israel Mirarta, quien parecía estar dormido en su silla. La afeitada y el corte parecieron revivirlo, y salió de la silla con una sonrisa en su cara.

“El es el maestro de las tijeras”, dijo Mirarta de Caponigro. “¿Sabes cuantas generaciones de pelos este hombre ha cortado?”.

“Por lo menos tres o cuatro generaciones pasadas”, contestó, luego de alguna consideración. Mirarta sabía.

El ha vivido toda su vida en el vecindario, y su propio hijo va a Claudio para afeitarse.

Estas herramientas hacen de la afeitada un arte.
Estas herramientas hacen de la afeitada un arte.

Mientras que para algunos, Claudio y su nombre podría ser considerado un artefacto de una era pasada, para los residentes de East Harlem, el es el barbero del vecindario que conocen por su nombre.

Caponigro llegó a Nueva York de la provincia de Salerno en Italia en el 1950, el mismo año que abrió la Barbería Claudio en la Calle 116 y la Primera Avenida.

Ser barbero es parte de su genética: su padre fue barbero y el padre de su padre.

Sin embargo, el año pasado Claudio estuvo al borde de la extinción cuando tuvo un nuevo dueño de edificio que pensó triplicar la renta actual.

Era demasiado para el inquilino que había manejado su negocio en el mismo lugar por más de 60 años.

Caponigro habría tenido que mudarse para finales de diciembre del 2011 – tuvo un golpe de suerte que no vino de algunas puertas de distancia.

Alex Greenstein, el nuevo dueño del 338 Este en la Calle 116, justo al final de la calle, tenía una vacante.

“Yo nací para ser barbero”, dijo Caponigro, parado afuera en su tienda. El poste no está a la venta.
“I was born to be a barber,” said Claudio Caponigro, a barber for over 6 decades; the pole is not for sale.

Greenstein estuvo de acuerdo de permitir que Caponigro se mudara como nuevo inquilino con una renta que era mucho más razonable.

Seguro por ese rápido golpe de fortuna, el amado barbero del East Harlem habría pasado despedida de año desmontando su tienda para un no invitado retiro anticipado.

A pasado ya casi un año desde que Caponigro se mudara a varias puertas de su antigua tienda.

Las sillas en la nueva tienda son aun más viejas que la tenencia de Caponigro como barbero. Fueron heredades del dueño anterior, quien también era barbero.

Pero el lugar es sin duda de el.

Caponigro llevó muchas de sus viejas sillas y sus propios espejos.

También llevó su propio poste de barbero, un artículo que ha atraído la atención de los conocedores de las antigüedades.

“Quieren darme mil dólares por el poste de barbero. No está a la venta”, dijo Caponigro con coraje, como si todavía si estuviese recuperando de la audaz oferta.

Una de sus antiguas sillas que Caponigro guardó.
Caponigro stands beside one of the vintage chairs in his shop.

Junto con los muebles, Caponigro también es dueño de herramientas que no solo vienen de su antigua tienda en el 360 Este de la Calle 116, sino de pasadas décadas.

Alineadas en un orden preciso hay una navaja de afeitar, una brocha de afeitar y tónico Jeris Barber.

El próximo mes marcará el primer aniversario de la reubicación de Claudio’s.

“Mi vida estaba en el otro lugar”, dijo el.

Pero Caponigro no se detiene en la transición, en su lugar señala, “tengo buenos seguidores”.

Caponigro ahora tiene 82 años; el mismo contando, abrió su primera barbería cuando tenía 14 años en Italia. No tiene planes de colgar las tijeras.

“Yo nací para ser barbero”, dijo el. “Cuando Dios me diga que me retire, me retiro”.

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