Recordando a mi amigo Ed Koch Print
Wednesday, February 06, 2013

Por Luis Miranda
Publisher, The Manhattan Times

En mi juramentación como asesor.

Por años lo había visto por televisión.

Lo había conocido personalmente en esas actividades donde uno es uno de muchos.  Sabía de su historial, y un día por una hora me senté con el, Ed Koch, en una entrevista para convertirme en su asesor para asuntos hispanos.

Era el principio de su tercer término como alcalde, luego de unas elecciones donde los hispanos habían votado abrumadoramente por el, y el se había comprometido a enfocarse en las necesidades de nuestra comunidad latina.  De la noche a la mañana pasé de “activista” a asesor del Alcalde Ed Koch.

Mi jornada comenzó como se dice en buen español: a patá limpia.  Algunos líderes hispanos, incluyendo el entonces editor de El Diario-la prensa, criticaban a Koch diariamente. Consideraban que no hacía lo suficiente para los latinos y que no estaba implementando las recomendaciones de su propia Comisión de Asuntos Hispanos.

Un día, en el que yo tenía una cara de que cargaba el peso del mundo en mis hombros, mientras almorzábamos, me dijo, “Pon todo tu ahínco, esmero e inteligencia en lo que estás haciendo y olvídate de las críticas”.

Y desde ese día mi actitud cambio: las críticas me resbalaban y decidí que era más importante hacer lo que era correcto y necesario en vez de actuar para complacer a los críticos.

Las circunstancias y su personalidad nos unieron.  Pasaba día y noche en mi labor.  Continuamente iba con Ed Koch a funciones públicas, lo representaba en cualquier actividad a hablar sobre su labor y su compromiso.  Privadamente disfrutaba de mis visitas a Gracie Mansion, de los almuerzos que teníamos en El Castillo de Jagua en Loisaida, y de mis discusiones personales con Ed Koch.

Poco a poco Ed Koch se convirtió en mi amigo.  Me embelezaba escuchando sus historias y el se entretenía escuchándome hablar sobre mi familia.

Fui con el a Centro América en plena guerra civil, conocí el liderazgo latinoamericano durante sus últimos cuatro años cada vez que visitaban la Gran Manzana. Inclusive, bajo el liderazgo del entonces alcalde de Bogotá, Andrés Pastrana y Ed Koch, organicé la primera reunión cumbre sobre las drogas de alcaldes del mundo.  Me envolví en su política pública tratando de disminuir el crimen, rehabilitando cientos de miles de viviendas asequibles. Ayudé a conseguir los espacios donde se construyeron media docena de escuelas en el entonces asignado distrito escolar del Alto Manhattan.  Y bajo su dirección, ayudé a coordinar la campaña para que docenas de miles de inmigrantes sin documentos se acogieran a la amnistía del 1986.

Trabajé arduamente en su fallido intento de convertirse en el único alcalde en servir por cuatro periodos.  Y cuando perdimos frente a David Dinkins, me nombró miembro de la Junta de la Corporación de Salud y Hospitales para que siguiera sirviendo a la ciudad que el amaba y que yo había adoptado como mi hogar.

Siempre iba con el a la Parada Puertorriqueña, y por cierto tengo todas sus guayaberas que un día me regaló cuando ya era ciudadano privado.  La última vez que fui con Ed Koch a la parada, hace más de una década, el fue uno de cuatro neoyorquinos destacados cargando retratos del Reverendo Sharpton, del asambleísta José Rivera, del entonces presidente del Bronx Adolfo Carrión y de mi socio y amigo de siempre Roberto Ramírez, cuando ellos fueron arrestados y encarcelados por querer que la marina norteamericana parara el bombardeo de la isla de Vieques en Puerto Rico.

Por los próximos 22 años lo seguía viendo en veladas en su apartamento en el Village, en almuerzos privados y en los encuentros que Diane Coffey organizaba con otros miembros de la familia gubernamental de Ed Koch.  Me llamó y le envió un regalo a mi hija cuando ella casó una década atrás.  Luego cuando nació mi primer nieto me llamó para felicitarme y como el parto ocurrió en el antiguo Hospital St. Vincent, a cuadras de su apartamento, tomamos café.  Cuando organicé una leída para recaudar fondos para que me hijo Lin-Manuel pudiera seguir adelante con su proyecto de In the Heights, Koch estaba allí, y cuando In the Heights abrió off-Broadway, Koch dijo presente.  Inclusive cuando Lin-Manuel recibió un doctorado honorífico de la Universidad Yeshiva, Ed Koch se sentó con nosotros por horas hasta que le colocó la medalla doctoral a mi hijo.

Como todos los neoyorquinos, y especialmente aquellos que lo queríamos mucho, pensábamos que Ed Koch viviría eternamente.  Almorcé con él antes de las navidades y como siempre me preguntó como estaban Lucecita, Lin-Manuel, Miguelito y Luz.

Sentí que su cuerpo estaba débil pero seguía con la misma agilidad mental con la que deleitaba al mundo.  Ahora sus restos descansarán para siempre en Washington Heights, en el Manhattan de su alma y en el vecindario que yo adoro.