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Fue justo en esta época el año pasado cuando pisé por primera vez las oficinas del Manhattan Times. Fue mi primera semana trabajando en un barrio que desde el primer día sentí que me dio la bienvenida con los brazos abiertos.
Mi primera asignación? Encontrar una buena avena, la cremosa bebida que se sirve al desayuno en muchos hogares latinos. Entrar en una panadería Dominicana para probar su versión de la reconfortante bebida fue sólo el comienzo de mi absorción de la cultura de en un barrio del cual hoy sigo aprendiendo.
Hace un año, mi conocimiento sobre el barrio era limitado.
Leí tanto como pude en preparación, investigué y pregunté. Tomó un poco de tiempo, pero me familiaricé con un barrio de ambiente exuberante, de orgullo, sin importar en qué lado de Broadway estuviera parada.
Por mucho que nos guste argumentar que no hay diferencia, para mí esta más clara que el agua. El comercio fluye a través de las arterias al este de la Broadway, ayudando a que nuestra economía local prospere, desde los vendedores de frutas hasta El Mundo, las boutiques de alta costura, las barberías y el sinnúmero de salones de belleza. Aquí hay orgullo.
También hay orgullo en el extremo occidental de Broadway, donde la vida residencial prospera, edificios ‘Art Deco’ se esconden en la Avenida Bennett, y los parques proporcionan una especie de patio sin fin para los residentes de apartamentos.
Mi abuela por fin puede dejar sus preocupaciones acerca de mí alimentación, ya que El Alto no me ha dejado pasar hambre, y la comida cubre la gama: desde los antojitos rusos en la calle 181 y la Avenida Fort Washington, una cantidad inagotable de Frío Frío en el verano, café cubierto con espuma de leche por la mañana, mi tostada, desayunos a las 4 de la madrugada en Floridita, arroz y la habichuela, sopa de matzo, sopa de pollo y los plátanos, un montón de mangú.
A mi llegada hace un año, comencé a familiarizarme con la rutina semanal de nuestra sala de redacción. Lunes de producción, las reuniones editoriales, las asignaciones de último minuto, y reuniones, muchas reuniones. Todas cuales me han ayudado a tener una mejor comprensión de cómo funciona nuestro barrio, como algunas cosas suceden, y por qué ocurren.
Luego vino la creación de esta columna semanal. Viviendo El Alto, un reportaje semanal sobre todas las cosas y las personas en el norte de Manhattan. Un vistazo a los detalles peculiares y únicos que hacen que nuestros vecinos se destaquen, y que nuestro barrio sea único. Nuestra comida, la música y escena del arte, las costumbres, celebraciones y desfiles.
Doy las gracias a El Alto por darme la bienvenida. Por permitirme convertir sus calles en mi cuaderno de notas, por los vecinos que comparten sus historias, experiencias, inquietudes y conocimientos y que me permiten contar su historia.
Por la creación de lo que, sin lugar a dudas, fue un verano inolvidable, lleno de desafíos, algunas lágrimas y muchas risas.
Sería negligente si no mencionara a Mike Fitelson, nuestro ex editor, quien me dio mi primera asignación al final de una llamada telefónica para ofrecerme el trabajo, y jugó un papel fundamental en la creación de esta columna.
En mi primer día en la oficina, mientras trataba de apoderarme de un escritorio, me dijo: "Por estos lados, no habrá dos días iguales.” Él no estaba bromeando.
El Manhattan Times no tiene un ciclo de noticias a las 24 horas, pero las historias de nuestro barrio se desarrollan a nuestro alrededor, y estoy muy orgullosa, feliz, de ser parte de la audiencia.
Vivimos y caminamos por calles históricas. Tenemos acceso a geografía aun en su estado natural, y un grupo heterogéneo de culturas, rostros, colores y sabores. Lo mejor de todo, es que podemos ver la inmensidad, maravilla y belleza de nuestra ciudad desde arriba, desde El Alto.
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