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Viviendo El Alto: La Sensación de Navidad Print E-mail
Tuesday, December 06, 2011

Por Luis Miranda

Desde chico durante esta temporada, mi cuerpo recibe la alerta de que llegó la época festiva.  No estamos hablando de una alucinación ni de algo concreto.  Me refiero a un sentimiento que cala muy dentro de mí y que causa una alegría inmensa.  Es un sentimiento que estimula una sonrisa, una cascada de amor.  Puede llegar en cualquier momento pero siempre antes del 31 de diciembre, o simplemente puede saltar un año.  Si no llega, mi vida sigue su rumbo y sigo siendo quien soy; pero cuando llega, por ese minuto, o día o semana, ando por las nubes.  Cosas que regularmente me molestarían, me resbalan.  Y recibo un empujón de energía adicional.

Mi barrio, el Alto Manhattan, ha servido de agente catalítico para que esa chispa se encienda.  A veces ha sido más difícil.  Recuerdo cuando me mudé al barrio en el 1981.  Tenía sólo 27 años, y sentía que cargaba el mundo sobre mis espaldas.  Nos mudamos a Payson un 21 de diciembre.  La mudanza fue una tragedia.  Comenzó a nevar y por primera vez, como dueños de casa, mi esposa de siempre Luz y yo, no nos fijamos de la falta de aceite y nos quedamos sin calefacción.  Por primera vez tenía una hipoteca a mis costillas, un varoncito de un año, Lin-Manuel, y una angelita de 7, Lucecita, muchas cuentas que pagar y un vecindario que desconocía. 

El día después de mudarme, a un par de días de Nochebuena, me senté en un banquillo de los que el parque tenía frente a la casa para  sufrir en silencio.  Pero no pude.  De momento el Parque Inwood se convirtió en un retrato de una postal de navidad de las que recibía cuando vivía en Puerto Rico y fantaseaba con nieve y trineos. La casa con estalagmitas de la nieve derretida parecía una casita de jengibre de la de los cuentos de hada.  Y Los Cloisters, majestuoso al final de la calle,  parecía el castillo donde la Cenicienta conocería a su príncipe del alma.  ¡Fue ahí cuando me entró el espíritu de navidad de ese año! El pánico de todas las responsabilidades que había adquirido de la noche a la mañana fue eliminado por el sentimiento puro de la navidad que me hizo apreciar el lugar maravilloso que ahora llamaría mi hogar.

Casi una década más tarde, Washington Heights, sirvió de escenario para esta sensación especial que experimentó.  Era el 1989, y acababa de perder la elección alcaldicia en ese septiembre.  Así que en diciembre andaba recogiendo mis motetes de la alcaldía.  Ese día, acababa de traer a mi casa los papeles y los recuerdos de haber pasado un término en la Administración de Ed Koch.  No estaba muy alegre y aunque ya tenía trabajo, un cambio de esa índole impacta nuestro ser.  Yo estaba seguro que en ese año el espíritu navideño no encontraría un hogar en mi alma. Pero esa noche decidimos asistir a una pequeña celebración que la Asociación Comunal de Dominicanos Progresistas tenía en su local de la Calle 173.  Y allí bailamos, y comimos, y hablamos con buenos amigos.  En un momento salí del local porque tenía mucho calor y cuando miré al cielo, la noche estrellada servía de manto al edificio principal del Parque Highbridge; al lado, la Torre.  De momento el espíritu de la navidad navegó por mi cuerpo y el futuro reflejado en un cielo lleno de estrellas en el Parque Highbridge se presentó claro y fructífero.  Una vez más la belleza de mi vecindario venció la tristeza de haber perdido una elección y el trabajo.  

En el 1999 cuando el mundo estaba preocupado por lo que ocurriría digitalmente con el cambio de milenio, yo estaba totalmente enfocado en un fiestón que quería tener en mi barrio en Vega Alta, Puerto Rico. Manejando todos los detalles desde Nueva York, estaba más preocupado por el lechón a la barita que íbamos a cocinar en el verano perenne de la isla caribeña,que en lo que acontecía en la isla de Manhattan. Pensaba "cuando los pasajeros aplaudan al hacer contacto con la tierra borinqueña, me entrará el espíritu de las pascuas.". Sin embargo, una semana antes de irnos estaba en una reunión donde le dábamos los toques finales a la apertura del Manhattan Times y sentí la emoción de un periódico local, de cómo documentar a mi vecindario, y la Navidad comenzó en mi corazón.

Ayer, mientras manejaba con mi sobrino Miguel por el vecindario y hablábamos de comprar el árbol de navidad y de terminar la decoración en la casa,  miré  la Calle Dyckman, y a una cuadra percibí  la belleza azul de los árboles adornados frente a Mama Juana, Mama Sushi y Il Sole; la alegría me embriagó.  Le dije a Miguel, “llegó la navidad” y él me contestó “es la sensación de Navidad, Tío.” 

Sin duda, es la sensación de la Navidad en el Alto.

 

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