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“Déjame preguntarle a mi padre; ¿a lo mejor si el nos lleva?”
Mi pobre amiga Olymar solo deseaba que esto funcionara. No era su culpa de que mi madre y mi padre fueran cabezas duras.
Ella ofreció esta solución mientras yo escuchaba en el teléfono, acurrucada en el piso del dormitorio de nuestro apartamento en Inwood. Ella estaba lejos de El Alto, en su propio Heights: Jackson Heights, Queens, pero muy bien podría haber estado a mi lado, tan desalentada en solidaridad como estaba.
Por mucho tiempo quise asistir a un concierto de Navidad que se iba a llevar a cabo cerca del Centro Lehman, en el cual mi salsero favorito, Gilberto Santa Rosa, también conocido como El Caballero de la Salsa, deleitaría a la audiencia con dos horas de música que lo hace reconsiderar el valor del cinismo.
Olymar, mi compañera de escuela y comadre, aun en nuestros años de adolescencia, estaba menos comprometida con la experiencia, pero sabía que yo deseaba ir.
¿El problema?
Mis padres estaban menos que entusiasmados acerca de pensar en dos estudiantes aventurándose en el frío, solas (argumentamos vehementemente contra chaperonas) para asistir a un concierto de salsa por el cual no había créditos académicos, obligación familiar o ningún valor inherente.
Pero como, yo insistía, ¿puede esto ser negado por un golpe inequívoco de fortuna? No sólo me había ganado los boletos de la estación de radio local durante un concurso de llamadas, sino que acabábamos de mudarnos a El Alto, a un nuevo vecindario con guirnaldas verdes en cada esquina, con pequeñas calles llenas de niños, abuelas e irlandeses.
Esto se suponía hubiera aliviado a mis padres de la ansiedad acerca de la ferocidad del mundo fuera de nuestras puertas, y hacerlo más fácil para mi el moverme sin la fuerte carga de preocupación de ellos en cada paso.
Claro, todavía estábamos en territorio familiar: solo necesitabas irte tres o cuatro bloques en cualquier dirección para tu toque de salchichón, bacalao, mondongo y el resto; y todavía teníamos el merengue y el sonido de la estación del tren elevado.
Pero aquí, en este pequeño, callado espacio en Broadway donde nuestra familia había mudado cada pertenencia, debía haber marcado un punto decisivo, para todos nosotros. Esto era un nuevo espacio en el cual pensamos y seriamos diferentes. Aquí, no sería una extensión para mi hermano y para mí el aventurarnos algunos bloques aquí o allá, rodeados como estábamos por parques para visitar y jugar. Aquí, podíamos viajar a tiendas cercanas para una merienda o un alimento nosotros mismos; las esquinas de las calles estaban un poco más limpias de enfermos. Aquí, podíamos invitar amigos, familiares para ver una película, o para quedarse a dormir que no hubiera podido ser posible en el de una habitación de antaño.
Aquí, definitivamente podríamos imaginarnos asistiendo a un concierto de salsa interpretado por el legendario maestro definido por su gentileza y dulce esperanza, junto a tu mejor amiga.
Ay, pero no.
Mi madre y mi padre también están definidos por la gentileza y la dulce esperanza.
Y también por la reserva sin sentido que guía dañados buques de guerra a través de francotiradores y peligrosas aguas.
La mudanza había marcado un cambio en geografía, pero no en su preocupación sobre la integridad de la unidad, y su seguridad, y que no podría ser fácilmente abordado simplemente por nuestro ajuste de latitud y longitud.
Aunque nuestra mudanza a El Alto si trajo algún espacio para respirar, figurativamente, una pequeña modificación en la percepción, en cuanto a lo que requería un “si” o un “no” inmediato.
Fue en El Alto que a mi hermano se le permitió patinar en patineta y eventualmente correr una bicicleta. Fue en El Alto cuando trajeron por primera vez un árbol de Navidad real, uno que mi madre llegó a lamentar cuando se deshizo en nuestra caliente sala. Fue aquí en El Alto donde hicimos fiestas de cumpleaños sorpresa y cenas de Acción de Gracias, en una verdadera mesa de comedor.
Y fue en El Alto donde recibí un golpe en la puerta donde mi padre me explicó que si, siempre y cuando el padre de Olymar nos llevara al concierto, el arreglaba para recogernos.
Así que vimos a Gilberto Santa Rosa esa noche en Lehman, y hasta nos aventuramos a la parte de atrás como parte de la promoción de radio.
Recuerdo la sorpresa de Gilberto cuando hable acerca de cuanto su música significaba para mi, como la he estado escuchando por años, como debería cantar “A quien, a mi” en concierto más a menudo. El sonrío graciosamente, tomó mi mano y la besó”.
“Eres una reina, ya lo veo”, dijo el.
Fue gracioso y amable, justo el caballero que yo imaginaba.
Luego, en casa, era mi turno de tocar en la puerta.
Como esperaba, mi madre y mi padre estaban despiertos, claramente esperando mi regreso, sus caras llenas de alivio una vez vieron mi cabeza entrar.
“¿Cómo te fue?”, preguntaron, fingiendo un interés casual.
Así es que me senté en el piso, y le regalé a ambos, mi propia reina y caballero, de El Alto.
Cosas nuevas, mi vida se lleno de cosas nuevas sentí la sensación del que se eleva y tocar su estrella
Cosas nuevas, momentos que te dejan una huella si pude descubrir que hay cosas bellas lo hice por ella.
“Cosas Nuevas,” Gilberto Santa Rosa
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